sábado, 21 de octubre de 2017

El Reino de Cristo consumado en la tierra, por J. Rovira, S.J. (Reseña) (II de V)

Sigue luego el Libro I dividido en 6 secciones llenas de atinadísimas observaciones en cada caso.

El hecho de la difusión de la fe; el momento en que tendrá lugar; el hecho de la intensidad de la fe, justicia y santidad; la paz mesiánica; la revocación de los escándalos e impíos y la destrucción de las potestades contrarias a Dios; y, por último, el tiempo que ha de transcurrir después de la derrota del Anticristo hasta el juicio final.

Recorrerlas una a una nos llevaría muchísimo tiempo y como las virtudes del libro son más, muchas más, que nuestras diferencias, solamente opondremos un par de razones a algunas de sus afirmaciones.

La idea general que flota a través del libro es que el autor no ha leído a Lacunza, lo cual es sumamente extraño, pero parece ser una conclusión ineludible y lamentable. Si lo leyó, uno entiende que no lo haya citado nunca[1], pero ya no es tan comprensible que no haya sido influenciado por sus ideas.

Al analizar la Sección 5, estudia en la 2ª cuestión el sueño de Nabucodonosor sobre la estatua, y trae la opinión comúnmente recibida, la cual es claramente contraria no sólo a la historia sino también a la mente de la Iglesia que ya había afirmado por boca de Pío IX la extinción del imperio Romano, como ya lo notara agudamente Eyzaguirre.

Por eso son del todo incomprensibles frases como estas (pag. 280):

“El reino romano o el cuarto reino, según la mente de Daniel, no ha acabado aún…”.

Y de hecho se nota a través de las páginas, una exégesis muy forzada, señal casi infalible de una errada interpretación, como cuando unas páginas más adelante afirma (pag. 286, énfasis nuestros):

“Y, por lo tanto, el reino romano durará, de algún modo, hasta el Anticristo”.

¡Ay! Una vez más tenemos los más o menos, los de algún modo, los esto es, etc. etc. que tanto se leen en los autores alegóricos.

La división de Lacunza es, al menos, sumamente atendible y por eso llamaría la atención que el Autor no la hubiera al menos considerado en caso de haberla leído.

El otro caso es aún más paradigmático, si cabe.

Desde la pag. 348 hasta la 359 analiza y cita muchos autores que comentan la famosa batalla de Gog-Magog de Ez. XXXVIII-XXXIX para tratar de demostrar que después de la derrota del Anticristo van a existir más que los 45 días de Daniel XII. Pero el gran problema con toda esta exégesis es que se basa en un supuesto tan falso como fácilmente impugnable y es que esta batalla de Ezequiel coincide con la de San Juan en el cap. XX del Apocalipsis.

Lacunza demostró fácilmente que se trata de dos guerras diversas en cuanto al tiempo, motivos, etc., y por eso se nos hace difícil que alguien siga manteniendo la identidad de ambas batallas después de haber leído al gran exégeta chileno.

Veremos qué nos depara el tomo 2.




[1] Ni siquiera cuando en pag. 150 sig. trae una pequeña lista de autores contemporáneos que defienden esta doctrina, entre los cuales está nuestro conocido Ramos García.