lunes, 16 de octubre de 2017

El Buen Samaritano, por Jean Daniélou (II de III)

¿Podemos ir más lejos y relacionarlo con el mismo Nuevo Testamento? La manera en que se presenta la parábola en Lucas es muy bizarra y nunca ha recibido una solución satisfactoria. En efecto, hay una falta de correspondencia entre la parábola y la pregunta que la introduce. El escriba demanda a Cristo: ¿Quién es mi prójimo? Y Cristo responde cómo hay que amar al prójimo. Además, la discusión que precede la parábola se encuentra en Marcos y en Mateo disociada de esta y en un contexto que parece mejor, el de una discusión en el Templo[1].

Parece, pues, que el texto de Lucas presenta un arreglo secundario que reúne dos perícopas distintas y que no ensamblan con exactitud. Por una parte, tenemos una discusión sobre el mandamiento más grande, común a los tres sinópticos, modificada por Lucas por razones redaccionales y que encuentra su lugar normal en el Templo, después de la entrada de Jerusalén (Mt. XXII, 34-40; Mc. XII, 28-34) y por la otra, está la parábola del Buen Samaritano, que se sitúa perfectamente en el cuadro que le da Lucas, es decir, durante el viaje que conducía a Cristo desde Galilea a Jerusalén pasando por Jericó. (Ver Lagrange, Saint Luc, p. 313[2], citado por Quiévreux, loc. cit., p .78).

Así se explica perfectamente la dificultad que presenta el texto. La parábola del Buen Samaritano no ha sido dada como ilustración a una discusión sobre la naturaleza del prójimo. Pero entonces viene la pregunta de saber cuál es su verdadera interpretación. Pero, desde que el vínculo con la discusión se ha roto, ya no hay ninguna razón para no interpretar la parábola en la misma línea que los demás y de no ver allí una revelación secreta del plan de salvación, en la cual Cristo se describe a sí mismo en términos velados. El sentido obvio de la parábola es, en efecto, ser el símbolo del amor gratuito de Cristo por el hombre caído y de presentar este amor como ejemplo a los hombres.  Ilustra admirablemente I Jn. III, 16:

En esto hemos conocido el amor, en que Él puso su vida por nosotros; así nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos”.

Ya no estamos en presencia de un ejemplo banal de solidaridad humana sino del amor cristiano en su más pura esencia.

lunes, 9 de octubre de 2017

El Reino de Cristo consumado en la tierra, por J. Rovira, S.J. (Reseña) (I de V)

El Reino de Cristo consumado en la tierra, por J. Rovira, S.J. (Reseña)


J. Rovira, S.J.El Reino de Cristo consumado en la tierra, vol. 1. Ed. Balmes, España, 2016. Pag. 411. Ver AQUI.



La editorial Balmes ha tenido la felicísima idea de publicar un magnífico libro del P. Rovira, reconocido exégeta que ya todos conocíamos por su excelente artículo Parusía en la enciclopedia Espasa-Calpe (ver AQUI) y en menor medida por su conferencia intitulada “De opere Messianico”, traducida con el título “El reino Mesiánico” y publicada por la Fundació Ramón Orlandis i Despuig, en 2013, obra que terminaba con esta promesa:

“Ahora deberíamos tratar ya, conforme a lo propuesto, sobre la consumación del reino mesiánico en la tierra; pero puesto que esto no puede ser tratado aquí de la forma debida, y esta obra, ya bastante larga de por sí, crecería demasiado y su publicación se diferiría, por esta razón consideramos más prudente omitirlo ahora y dejarlo para otro momento”.

Promesa que pudo cumplir, a Dios gracias.

I) El Autor.

Brevitatis causa transcribimos el breve resumen de su vida que puede leerse AQUI.

“Juan Rovira nació en Palma de Mallorca el 4 de octubre de 1877. Entró en la Compañía de Jesús el 25 de noviembre de 1895. Cursó Filosofía en Veruela (Zaragoza), Tortosa y Granada, obteniendo el grado académico en 1904. Estudió Teología en Tortosa, donde fue ordenado sacerdote el 26 de julio de 1909. Entre 1912 y 1914 se formó en el Instituto Bíblico de Roma. En 1916 enseñó Antiguo Testamento en el Colegio Máximo de Sarriá, Barcelona, además de hebreo y Arqueología bíblica. Entre 1916 y 1920 tuvo a su cargo las lecciones sacras en la iglesia del Sagrado Corazón. En 1928 fue enviado a Tortosa teniendo como Superior al P. Audí, su compañero en el martirio, sucedido el 5 de septiembre de 1936”.

II) La Obra.

miércoles, 4 de octubre de 2017

El Buen Samaritano, por Jean Daniélou (I de III)

Nota del Blog: Artículo aparecido en Mélanges bibliques rédigés en l'honneur de André Robert. Paris : Librairie Bloud & Gay, [1957] Travaux de l'Institut catholique de Paris, pag. 457-465.

Artículo similar en cuanto a la exégesis al que ya publicamos del Cardenal Billot (ver AQUI), si bien el enfoque varía un tanto: en el de Billot vemos un acercamiento más bien teológico y relacionado con los sacramentos, mientras que en Daniélou vemos un desarrollo sobre todo escriturístico y patrístico.

Inútil aclarar que no hay contradicción sino complementariedad.

***

En su libro sobre la parábola evangélica[1], Maxime Hermaniuck ha mostrado que las parábolas simbólicas no tienen por objeto dar una lección moral general, sino que son revelaciones del secreto relativo al establecimiento del Reino de Dios (p. 456). Esto es particularmente claro con las parábolas que Cristo mismo explicó, como el de la cizaña (Mt. XIII, 37-39). Pero, cuando se trata de la parábola del Buen Samaritano, el mismo autor declara que es “una ilustración por un ejemplo concreto de una verdad general” (p. 252). Esta interpretación es la de casi todos los exégetas modernos, con la única excepción de Edwyn Hoskyns[2].

Pero sucede que la antigua tradición se opone unánimemente a esta interpretación moral y vé en nuestra parábola, conforme a la definición que da Hermaniuck, una revelación de los secretos del reino. El Samaritano es una figura de Cristo, el hombre despojado por los ladrones representa la humanidad despojada por los demonios, la posada es un símbolo de la Iglesia. La universalidad de esta tradición impresionó a Maldonado, que, deteniéndose en el sentido moral, no rechazó la idea que la parábola tenía otra[3]. Pero los exégetas modernos rechazan este sentido como una exégesis alegórica que se remontaría a Orígenes, cuando no a Agustín[4].

***

Sorprende la ignorancia que buenos exégetas del Nuevo Testamento pueden tener hoy de la tradición patrística. En este punto, los exégetas del Renacimiento son netamente superiores.

lunes, 18 de septiembre de 2017

El Katéjon, II Tes. II, 6-7 (XV de XV)

Además de lo dicho hasta aquí, no estará de más señalar que esta teoría tiene una ventaja no despreciable.

Esta nueva exégesis nos permite observar la maravillosa unidad y perfecta identidad de la predicación de San Pablo y la de Nuestro Señor en el Discurso Parusíaco[1] cuando, al ser interrogado sobre los signos de la Parusía, se contentó con dar dos[2], uno remoto: la Abominación de la Desolación en el Lugar Santo; y otro próximo: la conversión total de Israel. Es decir, Nuestro Señor habló de dos sucesos que habían de tener lugar antes de su segunda y gloriosa Venida, uno de los cuales es el que aquí repite el Apóstol: la aparición del Anticristo; con lo cual ambos están enseñando lo mismo, a saber, que la Parusía no tendrá lugar antes que se manifieste el principal enemigo de Cristo.

Ahora bien, teniendo en cuenta que la Abominación de la Desolación en el Lugar Santo es el Anticristo profanando el Santuario de Jerusalén reconstruido[3], entonces lo que vemos claramente en esta nueva interpretación es la identidad de prédicas. En otras palabras, San Pablo, al fundar las iglesias y predicarles a sus neófitos, no hacía más que repetir la enseñanza del Divino Maestro sobre los signos de su segunda Venida, enseñando que uno de ellos había de ser la aparición del Anticristo profanando el Santuario, hecho que habrá de incluir también la supresión del Sacrificio, como sabemos por Dan. IX, 27, y la muerte de los dos Testigos, tal como lo enseña Apoc. XI, 7.

Y todo esto puede probarse además por la identidad de lenguaje usado por San Pablo, Nuestro Señor y el Apocalipsis[4], como veremos en una pequeña paráfrasis a continuación.

lunes, 11 de septiembre de 2017

El Katéjon, II Tes. II, 6-7 (XIV de XV)

Knabenbauer continúa:

“Otra cosa que se critica con razón en esa sentencia se percibe en la nueva explicación del v. 7: hasta que sea quitado del medio ἕως ἐκ μέσου γένηται, hasta que surja del medio (de la iniquidad). Pero ἐκ μέσου γένηται tanto en los intérpretes griegos, como en los escritores profanos se toma en un sentido totalmente distinto, a saber: sacar, quitar del medio, y tampoco es otra la interpretación dada por los intérpretes tanto antiguos como modernos; cfr. αἴρειν ἐκ τοῦ μέσου, I Cor. V, 2; Col. II, 14; LXX, Is. LVII, 2; Ez. XIV, 8-9”.

Uno no puede menos que maravillarse sobremanera por esta tan endeble objeción ya que los textos alegados para probar la traducción que da el autor (del medio sea quitado) no prueban ni pueden probar lo que Knabenbauer quiere, por la sencilla razón que se trata de dos verbos diferentes.

La palabra usada en las citas al final está tomada del verbo αἴρω, que significa quito, mientras que en el texto que estamos analizando el verbo usado es γίνομαι, que significar me vuelvo o devengo e indica un cambio de estado.

Además, repárese que si San Pablo hubiera querido decir “sea quitado” lo más lógico hubiera sido que hubiera escrito el mismo verbo que luego habría de usar en sus epístolas a los Corintios y a los Colosenses, y si usó otro, entonces lo más lógico es pensar que se debió a que era otra la situación que tenía en mente.

Con respecto a la interpretación de los antiguos y modernos no hay que dejar de reconocer, en primer lugar, que no pasa de ser una opinión y nada más que eso, pero por si fuera poco ya el mismo San Agustín en su época decía que la traducción “del medio surja” era una opinión valedera.

Estas son sus palabras, junto con un argumento escriturístico más que interesante:

miércoles, 6 de septiembre de 2017

El Papa hereje, por San Roberto Belarmino (IV de IV)

ANEXO I

Libro IV

Cap. VI

Sobre el Pontífice como persona privada

Cuarta proposición: “Es probable y puede creerse piadosamente, no solo que el Sumo Pontífice no puede errar en cuanto Pontífice, sino que tampoco puede ser hereje como persona particular, creyendo pertinazmente algo falso contra la fe”.

En primer lugar, se prueba porque así parecería requerirlo la suave disposición de la providencia de Dios. Pues el Pontífice, no sólo no debe ni puede predicar la herejía, sino que debe enseñar siempre la fe, y sin dudas eso hace puesto que el Señor le ordenó confirmar a sus hermanos, y por eso agregó: he rogado por ti para que tu fe no desfallezca (Lc. XX, 31), es decir, la predicación de la verdadera fe no defeccionará al menos en tu trono; pero ¿cómo, pregunto, el Pontífice hereje confirmará los hermanos en la fe y siempre predicará la verdadera fe? Es cierto que Dios puede sacar la confesión de la verdadera fe de un corazón hereje, como una vez puso palabras en boca de la burra de Balaam, pero sería violento y no según la costumbre de la providencia de Dios que todo lo dispone con suavidad.

En segundo lugar, se prueba por los hechos, pues hasta aquí ninguno fue hereje o ciertamente de ninguno se puede probar que lo haya sido; por lo tanto, es un signo de que no puede serlo. Para más argumentos, ver Pighi.


ANEXO II

Billot, De Ecclesia, vol. I, (1927),
Quaestio XIV, Thesis XXIX, pag. 630-631

miércoles, 30 de agosto de 2017

El Katéjon, II Tes. II, 6-7 (XIII de XV)

A continuación, el mismo Knabenbauer, consciente tal vez de la debilidad de su argumento, afirma:

“Aunque este o aquel lector pueda tal vez considerar que esta interpretación no necesita ser desechada a primera vista, un gran obstáculo (para su aceptación) radica en la manera misma de hablar que debe esperarse en este pasaje II, 1-10”.

Y luego desarrolla su pensamiento:

Cuando se habla del Señor se dice adviento, presente está el día del Señor, manifestación de su Parusía (vv. 1-2.8); en cambio del Anticristo se dice: revelare el hombre de iniquidad v. 3, y entonces se revelará el inicuo, v. 8. Si ahora leemos en el v. 6 para que él se revele, según el modo de hablar, el que se revele en el v. 6 no puede referirse más que a aquel de quien se afirma en el v. 3 y 8 que se revelará. En esta parte, del Señor se dice parusía, el día está presente, etc., y no que se revelará; y no sirve recurrir a I, 7, donde se habla de la revelación del Señor, pues II, 6 debe explicarse por su contexto y esto nuevo de que se trata en el capítulo II se debe explicar por el modo de hablar que trae este lugar, que claramente uno es de Nuestro Señor y otro del Anticristo”.

Es muy difícil entender esta objeción cuando en realidad no sólo no pone dificultad alguna seria, sino que, muy por el contrario, mirada de cerca, no hace más que confirmarla.

Tenemos aquí la dificultad y la respuesta a una posible objeción.

Es curioso que la objeción del autor ignore por completo toda la estructura de este capítulo donde San Pablo no hace más que poner en antagonismo a Cristo con el Anticristo, como hemos visto más arriba.

Citemos de nuevo la mayoría de los textos:

viernes, 25 de agosto de 2017

El que ha de Volver, por M. Chasles. Apéndice IV, Cristo Rey y Hombre en el Arte (II de II)

   Nota del Blog: Terminamos aquí, después de mucho andar, el libro de M. Chasles.

   Sabemos que la Editorial Vórtice del amigo Alejandro Bilyk ya está trabajando en la publicación de este hermoso e importante libro, y esperamos que podamos tener novedades al respecto en un futuro no muy lejano.

***

3. EL QUE HA DE VOLVER

Las escenas del juicio final en el arte, se apoyaron principalmente sobre dos fuentes de inspiración, según si se consideraba la glorificación de Cristo como Rey en majestad, o bien como Juez que muestra sus llagas para confusión de los impíos.

Las reproducciones más antiguas se inspiraban en el primer tema; a partir del siglo XIII se prefirió el segundo con el objeto de atemorizar a las masas con el pensamiento de la vuelta del Señor.

El último libro de la Biblia con sus páginas misteriosas, con las escenas trágicas que vio Juan en Patmos fué muy popular en Francia en el siglo XI. Se leía, se comentaba el Apocalipsis en los monasterios y los artistas formados a menudo por los monjes nos han dejado una serie de frescos célebres. Los de San Savian son notables. Iluminaron manuscritos y esculpieron altares para enseñar al pueblo algunas de las grandes visiones de San Juan. El pórtico de Moissac pertenece a esta admirable serie apocalíptica.

E. Male ha creído poder establecer que estas fachadas del sur de Francia encontraron su inspiración en los manuscritos, inspirados a su vez en un comentario del siglo VII del abad Beatus, de la abadía benedictina de Liébana en España[1].

Los artistas de Moissac y de Arles otorgaron la corona real a Jesús y lo representaron en plena gloria. Pero, bien pronto en Chartres, en Mans, en Burgos, aunque guardaron la inspiración apocalíptica, EL CRISTO DEJA DE SER CORONADO. Por fin en el siglo XIII aparece el nuevo tema: Jesucristo muestra sus llagas como lo hacía sobre la Cruz y los ángeles a su alrededor llevan "los signos del Hijo del Hombre".

lunes, 21 de agosto de 2017

El Papa hereje, por San Roberto Belarmino (III de IV)

Finalmente, los Padres enseñan comúnmente, no sólo que los herejes están fuera de la Iglesia, sino también que carecen por el mismo hecho (ipso facto) de toda jurisdicción y dignidad eclesiástica.

Cipriano[1]: “Decimos que absolutamente ningún hereje ni cismático tiene potestad y derecho”; y en lib. II, epist. 1 dice que los herejes que vuelven a la Iglesia deben ser recibidos como laicos, aunque antes hayan sido sacerdotes u Obispos en la Iglesia. Optato[2] enseña que los herejes y cismáticos no pueden tener las llaves del reino de los cielos, ni atar o desatar; también Ambrosio[3] y Agustín[4]; lo mismo enseña Jerónimo[5]: “No es que los que habían sido herejes puedan ser obispos, sino que consta que los que fueron recibidos no habían sido herejes”.

El Papa Celestino I[6]: “Si alguien, dice, fue excomulgado o expulsado por el Obispo Nestorio o alguno de los que lo siguen desde que comenzaron a predicar tales cosas, sea de la dignidad de obispo o de clero, es manifiesto que ha permanecido y permanece en nuestra comunión y no lo juzgamos removido: ya que no podía remover a nadie con su sentencia aquel que ya se había mostrado a sí mismo digno de ser removido”.

Y en la epístola al Clero de Constantinopla: “La autoridad, dijo, de nuestra sede sancionó que nadie, sea Obispo, Clero o cristiano por alguna profesión, que haya sido expulsado de su lugar o excomulgado por Nestorio o alguno de sus seguidores, desde que comenzaron a predicar tales cosas, sea tenido por expulsado o excomulgado, ya que aquel que se animó a predicar tales cosas, no puede expulsar o excomulgar a nadie”.

lunes, 14 de agosto de 2017

El Katéjon, II Tes. II, 6-7 (XII de XV)

IV.- Objeciones:

Llegamos finalmente a las objeciones a esta nueva teoría que podemos encontrar en algunos autores.

Nos detendremos solamente en las que trae Knabenbauer por ser el que le dedica más espacio a analizar esta exégesis.

Comienza el autor describiendo esta nueva hipótesis:

Hay que conmemorar otra sentencia, que también interpreta τὸ κατέχον de lo que antecede y según la cual en el v. 6 se habla de lo que retarda la venida del Señor; esto es el mismo anticristo, es decir, todavía no sucedió la aparición del Anticristo; pues, como se dijo en el v. 3, el Señor no vendrá antes que venga el Anticristo (cf. Grimm (Der κατέχον des 2 Thessalonischerbriefes, 1861, Danko, Hist. Rev. N.T., pag. 374, Simar, Theologie des hl. Paulus). Según esta sentencia así se procede: v. 6 y ahora, puesto que os había dicho que el día del Señor no vendría antes que venga el Anticristo, ya sabéis, lo que retarda la venida del Señor, para que ésta aparezca finalmente a su tiempo; sabéis, pues, que no es otro sino que el Anticristo que todavía no apareció; v. 7 pues en efecto, la iniquidad ya ejerce su fuerza, pero solamente en forma oculta, hasta que el que retarda la venida del Señor, ὁ κατέχων, es decir, el anticristo, surja o nazca del medio de esta iniquidad, v. 8 y entonces se manifestará aquel inicuo, el anticristo, etc. Esta sentencia Padovani la juzga la más probable y Cornely (Analyses libr. S. N.T. ad h.l.) dice que no es improbable”.

Y luego acepta lo que tiene de positiva cuando dice:

“Esta sentencia tiene una ventaja y es que el y ahora del v. 6 fluye fácilmente, incluso en sentido lógico: por aquello que os acabo de decir ahora sabéis lo que detiene”.

Sin embargo, a renglón seguido comienza con las objeciones que dividiremos una a una a fin de analizarlas mejor.

Pero antes tengamos presente el texto completo del capítulo II sobre el cual versan las dificultades:

miércoles, 9 de agosto de 2017

El que ha de Volver, por M. Chasles. Apéndice IV, Cristo Rey y Hombre en el Arte (I de II)

IV

CRISTO REY Y HOMBRE EN EL ARTE

El arte cristiano primitivo se inspiró en los dogmas; mucho tiempo conservó el espíritu tradicional de los primeros siglos, que enseñaba a las masas las glorias del reino mesiánico después de la vuelta gloriosa de Cristo.

Con el objeto de apoyar nuestra tesis en el Arte, tomaremos tres temas iconográficos que nos parecen muy significativos, y seguiremos bajo este punto de vista la evolución del arte cristiano. El arte cristiano representó hasta el siglo XII la realeza de Cristo. Enseguida su humanidad tomó este lugar. En vez del pequeño rey aparece como niño juguetón; en vez del Cristo coronado de piedras preciosas, aparece el Cristo coronado de espinas; en vez del Rey en majestad aparece el Hijo del hombre mostrando sus llagas.

El siglo XIII quita definitivamente su corona a Jesús

Paso a paso seguiremos la evolución de la representación de Cristo: en los brazos de su madre—clavado en la cruz—volviendo sobre las nubes. La evolución producida en estas tres formas iconográficas de la figura de Cristo es absolutamente la misma; perderá a través de los siglos su majestad real para ser finalmente privado de su corona.


I. EL NIÑO Y LA MADRE

Nuestro primer tema es Jesús niño sobre las rodillas o en brazos de su Madre. Esta representación iconográfica de Cristo toma su carácter en Bizancio; la Virgen está sentada y tiene al Niño sobre sus rodillas: los dos sobre el mismo eje, los dos en actitud hierática y real. Numerosas imitaciones de la "Théotokos" (Madre de Dios) se encuentran en Roma en donde se conservan todavía once en las cúpulas de las diferentes basílicas, siendo la más famosa de ellas la de Santa María Mayor.

Las Catedrales de Francia en el siglo XII estaban adornadas de esta escena llena de grandeza en la cual María presenta su Hijo Rey a la adoración de los hombres. Las más de las veces María tiene en su mano el cetro real que el Niño es impotente aún de mantener. El cetro es el gran símbolo que lo señala: "Va a destruir todas las naciones con cetro de hierro" (Apoc. XII, 5).

La dignidad es la característica de estas estatuas: el arte quiere servir a la gran causa del Rey divino. Las catedrales de Chartres, de París, poseen las más bellas; la estatua de la Mayor en Marsella tiene un carácter oriental casi salvaje. Más graciosa es la de Monserrat.

viernes, 4 de agosto de 2017

El Papa hereje, por San Roberto Belarmino (II de IV)

La cuarta opinión es la de Cayetano[1] donde enseña que el Papa que es hereje manifiesto no es depuesto por el mismo hecho (ipso facto) sino que puede y debe ser depuesto por la Iglesia; la cual sentencia, según mi opinión, no puede defenderse. Pues, en primer lugar, que el hereje manifiesto esté depuesto por el mismo hecho (ipso facto), se prueba por medio de la autoridad y de la razón.

La autoridad es S. Pablo, que en la epístola a Tito, cap. III ordena que el hereje, después de dos correcciones, es decir, después que se muestre manifiestamente pertinaz, debe ser evitado, y lo entiende antes de toda excomunión y sentencia del juez, como allí mismo escribe Jerónimo, donde dice que los otros pecadores son excluidos de la Iglesia por medio de la sentencia de excomunión, mientras que los herejes por sí se alejan y separan del cuerpo de Cristo: pero el Papa que permanece como tal, no puede ser evitado, pues ¿cómo evitaremos a nuestra cabeza? ¿cómo nos alejaremos de un miembro unido a nosotros?

La razón, en efecto es certísima: el no-cristiano no puede en modo alguno ser Papa, como confiesa el mismo Cayetano en el mismo libro, cap. 26 y la razón es que no puede ser Cabeza el que no es miembro; y no es miembro de la Iglesia el que no es cristiano; pero el hereje manifiesto no es cristiano como claramente enseña Cipriano[2], Atanasio[3], Agustín[4], Jerónimo[5], y otros; por lo tanto, el hereje manifiesto no puede ser Papa.

Responde Cayetano[6] que el hereje no es cristiano simpliciter sino secundum quid, puesto que dos son las cosas que hacen al cristiano: la fe y el carácter; entonces el hereje, al perder la fe, todavía retiene el carácter y en razón del mismo todavía se adhiere de algún modo a la Iglesia y es capaz de jurisdicción; por lo tanto, todavía es Papa pero debe ser depuesto; ya que por la herejía está dispuesto, con disposición última, a no ser Papa, de la misma forma que se encuentra el hombre, no muerto sino en las últimas instancias.

viernes, 28 de julio de 2017

El Katéjon, II Tes. II, 6-7 (XI de XV)

Lo que acabamos de decir parece corroborarse por el contraste bien marcado entre Cristo y el Anticristo que los autores advierten a lo largo de todos estos versículos.

Knabenbauer:

“Lo otro que deberá venir antes de la venida del Señor, se declara en la aparición del anticristo (el apóstol no usa esta palabra): y se revelare, ἀποκαλυφθῇ, lo mismo en los vv. 6.8 con la misma palabra se lo opone a Cristo, que igualmente se revelará, de la misma manera se habla de su venida, παρουσία como de la de Cristo; tanto con estas palabras como con la descripción e índole misma nos lo pone ante los ojos verdaderamente como anticristo”.

Buzy:

“El adversario, ὁ ἀντικείμενος, participio regularmente empleado como substantivo, (Lc. XIII, 17; Fil. I, 28; I Tim. V, 14) es, con el sustantivo el anticristo, que San Juan será el primero en usar (I Jn. II, 18.22; IV, 3; II Jn. 7), el calificativo más expresivo para designar el rol de aquel que viene a oponerse a Cristo, prodigios contra prodigios, parusía contra parusía, muchedumbre de engañados contra grupo de fieles”.

Biblia de Jerusalén:

El impío se revela, 6.8, en contra de la Revelación del Señor, I, 7; I Cor. I, 7, al igual que su parusía, v. 9, se dirige en contra de la del Señor, v. 8. El Anti-Dios deviene el Anti-Cristo”.

Buzy:

“Otra constatación de dos en uno: lo anulará por la manifestación de su parusía, el cual se confunde con el soplo de su boca; lo anulará, καταργήσει (35 veces en San Pablo), como el sol pone en fuga las tinieblas, como dice el Crisóstomo. Parusía contra parusía, es la verdadera, la resplandeciente, τῇ ἐπιφανείᾳ, que la supera sobre la falsamente prestigiosa”.

Rigaux:

Al oponer la revelación de Cristo a la del impío, (San Pablo) opone tácitamente la fuerza, los signos y los prodigios de Cristo a los del impío; pone en antítesis la verdad de Cristo y la mentira, la seducción y el mal del impío”.

domingo, 23 de julio de 2017

El que ha de Volver, por M. Chasles. Apéndice III, La Vuelta y el Reino de Cristo en la Liturgia (IV de IV)

Misas del Común de los Santos

El Común de los santos es un conjunto de misas compuestas para los bienaventurados cuya fiesta no tiene liturgia especial.

En su origen estos "comunes" eran misas propias de santos particularmente venerados: Santa Inés, San Martín, San Esteban, San Lorenzo.

La composición de las misas del común de mártires se remonta generalmente al siglo XI; los otros comunes: confesores pontífices, doctores, confesores no pontífices, abades, vírgenes y santas mujeres fueron elaboradas un siglo o dos más tarde, en plena Edad Media.

Las misas de estos últimos comunes hacen alusiones frecuentes por los textos escogidos a la vuelta de Cristo y a la necesidad de velar para esperarlo. Cada misa, sin excepción, nos recuerda sobre todo por el Evangelio el deber primordial del cristiano, de ser un vigilante que espera al Maestro, al Rey o al Esposo.

En el primer momento pensamos que todos esos textos han estado allí durante ocho siglos para recordarnos la vuelta gloriosa del Señor; sin embargo, después de un estudio prolijo de comparación con el espíritu de la Edad Media respecto a "las cosas que están por venir", hemos constatado que la acumulación de textos escatológicos no ha sido colocada ahí para hacernos temblar de alegría con el pensamiento de la vuelta gloriosa de Jesús con sus santos, sino para inspirarnos el temor de la muerte individual y del juicio de Dios.

Estos textos — del fin de los tiempos — están ahí para prepararnos a bien morir; confusión evidente de la Parusía y de la muerte[1].

miércoles, 19 de julio de 2017

El Papa hereje, por San Roberto Belarmino (I de IV)

El Papa hereje, por San Roberto Belarmino

Nota del Blog: Hasta donde sabemos, el famoso capítulo donde San Roberto trata las diferentes opiniones sobre la cuestión del Papa hereje no ha sido traducido al español, con lo cual buscamos, de esta manera, que los lectores de habla hispana tengan a su alcance este preciado material.

Existen pasajes más o menos largos de este capítulo, sobre todo en la reconocida obra de Xavier da Silveira y que fuera traducida a los principales idiomas (ver AQUI).

Al final se incluyen dos Anexos.


TERCERA CONTROVERSIA GENERAL

SOBRE EL ROMANO PONTIFICE

Libro II

Cap. XXX

Se resuelve el último argumento, y se trata la cuestión: si el Papa hereje puede ser depuesto[1].

Objeción décima. El Pontífice, en caso de herejía puede ser juzgado y depuesto por la Iglesia, como consta en la dist. 40, can. Si Papa; por lo tanto, el Pontífice está sujeto al juicio humano, al menos en algún caso.

Respondo: sobre este tema hay cinco opiniones.

La primera es de Alberto Pighi[2] donde afirma que el Papa no puede ser hereje; por lo tanto, no puede ser depuesto en ningún caso; la cual afirmación es probable, y puede ser defendida fácilmente, como luego mostraremos en su momento[3]. Sin embargo, como no es cierta, y la opinión común es la contraria, es preciso ver qué hay que responder si el Papa puede ser hereje.

La segunda opinión es, pues, que el Papa por lo mismo (eo ipso) que cae en herejía, incluso meramente interna, está fuera de la Iglesia y es depuesto por Dios, por lo cual puede ser juzgado por la Iglesia, es decir, ser declarado depuesto por derecho divino, si todavía rechaza ceder. Esta es la opinión de Juan de Torquemada[4], pero para mí no lo prueba. Pues la jurisdicción se da al Pontífice por Dios, pero con la intervención de los hombres, como es obvio ya que, por medio de los hombres, este hombre que antes no era Papa, comienza a ser Papa: por lo tanto, no es quitado por Dios sino por el hombre: pero el hereje oculto no puede ser juzgado por el hombre; ni él quiere dejar espontáneamente esa potestad. Agréguese que el fundamento de esta opinión es que los herejes ocultos están fuera de la Iglesia, lo que es falso y que prolijamente mostraremos en el lib. I de Eccl.

martes, 11 de julio de 2017

El Katéjon, II Tes. II, 6-7 (X de XV)

Dicho esto, podemos ahora recordar las citas que dimos más arriba al hablar del katéjon.

Zorell:

κατ-έχω: Parecería que la mejor es la sentencia de los Padres, según la cual el imperio Romano es τὸ κατέχον, y el Emperador ὁ κατέχων (…), para otros como Reischl, Crampon, Griesbach, τὸ κατέχον es la apostasía, ὁ κατέχων el hombre de pecado (v. 3), lo que retarda el día y venida del Señor”.

Crampon:

Lo que retiene, versículo 6, es pues el conjunto de las condiciones previas a la venida de Cristo, es decir, la apostasía y la aparición del anticristo.  El que lo retiene: es el anticristo que debe, antes de la venida de Cristo, salir del medio de la humanidad entrenada por el espíritu anticristiano”.

Con lo cual, tenemos que si el Katéjon masculino y neutro es el mismo y se trataría de la apostasía y del hombre de pecado, entonces ¿no podremos identificar ambos nombres? En otras palabras, ¿por qué no ver en la apostasía uno de los tantos nombres que recibe el Anticristo en las SSEE?

Es cierto que esta ha sido la opinión de algunos Padres, tales como el Crisóstomo, Teodoreto y Eutimio, pero no parecería ser de mucho valor pues si hemos de creer a Beda Rigaux hablando del comentario de San Juan Crisóstomo:

“Estas homilías son inferiores… a las otras sobre las cartas paulinas. Se encuentra al orador y al moralista en detrimento del exégeta”.

Sin embargo es curiosa la traducción que nos da el mismo San Agustín del texto de San Pablo[1]:

“… porque antes vendrá aquel rebelde (refuga), y se manifestará aquel hombre hijo de pecado…, etc.”.

Identificando claramente ambos términos.

Pero pasemos mejor a los argumentos sacados del mismo Texto.

jueves, 6 de julio de 2017

El que ha de Volver, por M. Chasles. Apéndice III, La Vuelta y el Reino de Cristo en la Liturgia (III de IV)

TIEMPO DESPUES DE PENTECOSTES

Las últimas fiestas de que hemos hablado forman parte del tiempo después de Pentecostés. Ahora veremos que la liturgia propia de este tiempo, la de los Domingos, nos habla de la Vuelta de Cristo.

Los 24 Domingos — a veces algunos más según la fecha de Pascua - señalan los siglos que transcurren desde la Ascensión hasta la Vuelta del Señor Jesús. La Iglesia ha querido que encontremos una enseñanza viva de nuestra "feliz esperanza" y en ella nos habla frecuentemente de la segunda venida.

LA IGLESIA HA ESCOGIDO EL COLOR VERDE A CAUSA DE LA ESPERANZA DE LA VUELTA DE CRISTO. El color verde dice Dom Guéranger expresa la esperanza de la Esposa (la Iglesia) que sabe que su suerte ha sido confiada por el Esposo al Espíritu Santo, bajo cuya dirección hace su peregrinación[1]. Nosotros agregaremos que el color verde es el color del trigo nuevo que anuncia la cosecha al fin del siglo predicha por Jesús (Mt. XIII, 39) y por el Apoc. (XIV, 15-16). Es la espera paciente del labrador "en la esperanza del precioso fruto de la tierra" (Sant. IV, 7).

Al fin del tiempo después de Pentecostés — mes de Noviembre — las lecturas de la Biblia son de los profetas Exequiel y Daniel, "cuya mirada después de haber recorrido la sucesión de los imperios, penetra hasta el fin de los tiempos, y la de los profetas menores que anuncian las venganzas divinas, los últimos de los cuales anuncian al mismo tiempo la vuelta del Hijo de Dios"[2].

A partir del XVIII Domingo después de Pentecostés, los textos litúrgicos nos recuerdan en términos bien claros la próxima venida del Señor Jesús. "Remunera a los que esperan en Ti, para que se vea la veracidad de tus profetas" (Ecles. XXXVI, 18), canta el Introito y recibimos la promesa de ser mantenidos irreprochables hasta su vuelta (Epíst. I Cor. I, 4-8).

En el Domingo XIX, escuchamos el llamado del Rey al festín de las bodas del Esposo, tan deseadas y esperadas[3].

domingo, 2 de julio de 2017

Castellani maldito, por Sebastián Randle

  Sebastián Randle, Castellani maldito, 1949-1981. Vórtice, Buenos Aires, 2017. Pag. 712. Ver AQUI.


Y al final salió. Se hizo esperar nomás, pero salió. La (re)conocida editorial Vórtice del infatigable Alejandro Bilyk ha dado a luz por fin la segunda parte de la biografía de Castellani escrita por Sebastián Randle.

Casi 15 años han pasado desde la primera parte, la cual generó entre no pocos lectores un inmenso revuelo por ciertas conclusiones del Autor[1]. Conclusiones sobre las cuales no hablaremos, entre otras cosas porque leímos el libro allá lejos y hace tiempo cuando todavía éramos junior (o al menos más que ahora) y deberíamos leerlo de nuevo para poder opinar.

Pero sí vamos a decir algo, aunque más no sean dos palabras, sobre la segunda parte.

La edición, como ya nos tiene acostumbrado Vórtice, es impecable: buena calidad de papel, mejor encuadernación, y a diferencia del famoso ladrillo verde, este tomo es portable sin mayores problemas. Y como diría el Autor: Je.

Sobre el contenido, antes que nada, es forzoso reconocer la elegante prosa del Autor, en extremo agradable y que hace que el libro se lea sin dificultad de un tirón (o de cuatro) a pesar de la abultada cantidad de páginas.

Como se desprende del título, la segunda parte abarca los últimos 33 años de vida que el Autor va siguiendo uno a uno en forma muy prolija; período en extremo interesante y el más rico en cuanto a la producción literaria.

La biografía está muy bien lograda y el autor sabe hacernos apreciar y saborear lo mejor de Castellani.

Entremos de a poco en el libro.

Lo primero que salta a la vista es la profusión de notas (¡más de 1000!) que denotan, claro está, una riqueza de bibliografía inigualable.

El libro posee dos ventajas inapreciables. En primer lugar, el acceso a muchos textos inéditos, en particular a los diarios del Padre (¡una verdadera joya!) como así también a muchas cartas escritas por Castellani que ayudan a situar las cosas en su debido contexto y en segundo lugar, todos los testimonios de primera mano que el Autor pudo reunir a lo largo de los años.

Mientras leíamos el libro, la pregunta que saltaba constantemente a nuestra mente era “¿cuándo se terminarán las disputas legales tan estériles como estúpidas y podrán editar los diarios completos?”. Sí, com-ple-tos, y nada de excusas (pag. 673).

Otra idea que se nos vino, y que seguramente no hemos sido los primeros, fue “¿cuándo van a publicar las cartas?”. Cartas a Gamallo, a Graffigna, e via dicendo.

Hay que decir que 38 años después de su muerte, Castellani tuvo su Bollery[2] y parece imposible imaginar que alguien pueda alguna vez superar esta biografía.

martes, 27 de junio de 2017

El Katéjon, II Tes. II, 6-7 (IX de XV)

b) La Apostasía y el Hombre de Iniquidad.

Dado que el segundo miembro apenas si presenta dudas ya que todos los autores concuerdan en la interpretación, y por si fuera poco San Pablo es más que claro al respecto, entonces toda nuestra atención deberá centrarse en la Apostasía.

Es este uno de los clásicos ejemplos citado una y otra vez para probar la defección general en la fe antes de la venida del Anticristo, defección no sólo de las naciones sino inclusive de los individuos[1].

Somos de la opinión que la situación no es tan clara como parece a primera vista.

Antes que nada, veamos a grandes rasgos lo que dicen los principales comentadores sobre la apostasía.

Biblia de Jerusalén:

La apostasía es nombrada como ya conocida. Al contenido general de la palabra (secesión, defección) hay que darle un valor religioso, Hech. V, 37; XXI, 21; Heb. III, 12. A quienes jamás han pertenecido a Cristo, puede que se les unan quienes se dejaron desviar de la fe, cf. I Tim. IV, 1; II Tim. III, 1; IV, 3, etc.”.

Turrado:

“La presencia del artículo indica que se trata de una apostasía bien determinada, conocida ya de los tesalonicenses, sobre la que sin duda habían sido instruidos por el Apóstol (v. 5). Es casi seguro que se trata de esa misma apostasía o defección en la fe a que se refirió Jesucristo en su discurso escatológico, cuando habló de que al final de los tiempos surgirán pseudo-profetas que engañarán a muchos, y habrá gran enfriamiento de la caridad, con peligro de ser seducidos incluso los elegidos, si ello fuera posible (cf. Mt. XXIV, 11-12.24; Lc. XVIII, 8). También San Juan en el Apocalipsis, alude a la misma gran apostasía, cuando habla de “la bestia” que luchará con los fieles y los vencerá, quedando sólo aquellos cuyos nombres están en el libro de la vida (cf. Apoc. XIII, 7-8).
Esta “apostasía” está probablemente íntimamente relacionada con “el hombre de pecado” o anticristo, que tendrá mucha parte en ella. Así parecen insinuarlo los diversos textos sea de Jesucristo, que la une a los pseudoprofetas, sea de San Juan, que la une a la aparición de la bestia, sea de San Pablo en este pasaje, presentando juntas ambas cosas”.

Padovani:

jueves, 22 de junio de 2017

El que ha de Volver, por M. Chasles. Apéndice III, La Vuelta y el Reino de Cristo en la Liturgia (II de IV)

TIEMPO DE EPIFANIA

La Epifanía es la verdadera fiesta de Cristo Rey que la Iglesia celebra desde hace siglos. Toda su literatura está orientada a la alabanza de la realeza maravillosa de Cristo.

Hemos hecho notar que un día los judíos supieron mostrar a los gentiles dónde estaba su Rey[1]. Estos lo encontraron, en cambio las tinieblas espirituales cegaron a los judíos. Pero en el último día su nombre será conocido por todos: "Rey de Reyes y Señor de señores" (Apoc. XIX, 16).

El Introito de la Epifanía canta esta realeza (Mal. III, 1 y I Paral. XXIX, 12): "Ha llegado el Soberano Señor; en su mano tiene el reino, el poder y el imperio".

El salmo LXXII contiene casi todos los trozos cantados de esta fiesta, tanto en la Misa como en el Breviario. Algunos versículos de este salmo son particularmente típicos para mostrar cuál será la realeza futura del Mesías: "Y Él dominará de mar a mar. y desde el Río hasta los confines de la tierra. Ante Él se prosternarán sus enemigos, y sus adversarios lamerán el polvo. Los reyes de Tarsis y de las islas le ofrecerán tributos; los reyes de Arabia y de Sabá le traerán presentes. Y lo adorarán los reyes todos de la tierra”

Todos estos textos no pueden referirse sino a la segunda venida y Reino, puesto que el día en que los Magos llegaron a Belén, su cortejo no se parecía a esa enumeración de reyes de que nos habla el salmo LXXII, ni a la que describe magníficamente Isaías LX y que nos presenta la Epístola. "Muchedumbre de camellos te inundará, dromedarios de Madián y Efá. Todos ellos vienen de Sabá, trayendo oro e incienso y pregonando las glorias de Yahvé".