martes, 1 de noviembre de 2016

El que ha de Volver, por M. Chasles. Tercera Parte: Las Señales (V de VII)

Cementerio Judío. Monte de los Olivos.
V

NO QUEDARA PIEDRA SOBRE PIEDRA

Lc. XXI, 6

Las más antiguas profecías que anuncian la dispersión de los judíos se remontan a una alta antigüedad; las leemos en el libro del Deuteronomio, escrito por Moisés, allá por el año 1.400 antes de Cristo.

Su realización es fácil de verificar: se trata da hechos históricos.

Se cuenta que un día Federico el Grande, el amigo de Voltaire, de quien compartía las ideas filosóficas, deseando poner en apuros a uno de sus capellanes, le dijo: "Quisiera que Ud. me diera en una palabra la prueba de la veracidad de la Biblia". El capellán, sin vacilar, contestó al rey: "¡Israel, señor!".

La historia de Israel es, en efecto, LA PRUEBA RACIONAL MAS CONVINCENTE DEL CUMPLIMIENTO DE LAS PROFECIAS.

Los hechos históricos son incontestables y su estudio nos revela, como a Federico el Grande, la veracidad de la Palabra de Dios. El pueblo judío ha quedado como una señal, como Isaías lo anunciaba. Después de su destrucción quedará como "mástil en la cumbre de un monte y como bandera sobre una colina", si, verdaderamente, "Dios vela sobre su palabra para cumplirla" (Jer. I, 12).

Recordemos primero dos hechos: el cautiverio de Babilonia en el siglo VI antes de Cristo y la toma de Jerusalén por Tito, que provocó la dispersión de Israel el año 70 después de Cristo.

Moisés desde el año 1.400, anunciaba este futuro lejano con precisión. Si el pueblo fuere infiel a Dios desobedeciéndole caerá sobre él la maldición:

"Yahvé te transportará a ti y al rey que pongas sobre ti[1], a un pueblo desconocido de ti y de tus padres; y allá servirás a otros dioses, a leño y piedra (de que son hechos). Y vendrás a ser un objeto de espanto, de proverbio y de befa entre todos los pueblos adonde Yahvé te llevará (…) servirás a tus enemigos que Yahvé enviará contra ti, en hambre, en sed, en desnudez y todo género de miserias. Él pondrá sobre tu cuello un yugo de hierro, hasta aniquilarte”.[2] (Deut. XXVIII, 36-37 y 48).

Pero la profecía de Moisés es aún más clara al tratar de la toma de Jerusalén por Tito:

"Yahvé hará venir contra ti, desde lejos, desde los cabos de la tierra, con la rapidez del águila, una nación cuya lengua no entiendes, gente de aspecto feroz, que no tendrá respeto al anciano ni compasión del niño. Devorará el fruto de tu ganado y el fruto de tu tierra, hasta que seas destruido; pues no te dejará trigo, ni vino, ni aceite, ni las crías de tus vacas y ovejas, hasta exterminarte. Te sitiará en todas las ciudades de tu país entero, hasta que caigan tus altas y fuertes murallas en que confiabas; te sitiará en todas tus ciudades, en todo el país que Yahvé, tu Dios, te habrá dado. En la angustia y estrechez a que te reducirán tus enemigos, comerás el fruto de tu seno, la carne de tus hijos y de tus hijas que Yahvé, tu Dios, te habrá concedido. El hombre más delicado y más regalado de entre vosotros mirará con malos ojos a su hermano, a la mujer de su corazón, y al resto de sus hijos que le queden, pues no quiere dar a ninguno de ellos de la carne de sus hijos que él comerá, por no quedarle nada en la angustia y estrechez a que te reducirán tus enemigos en todas tus ciudades”[3] (Deut. XXVIII, 49-55).

"Te esparcirá Yahvé por entre todos los pueblos, de un cabo de la tierra hasta el otro cabo de la tierra; y allí servirás a otros dioses que ni tú ni tus padres conocisteis, a leño y piedra. Y entre esos pueblos no encontrarás reposo ni descanso para la planta de tu pie; pues allí te dará Yahvé un corazón tembloroso, ojos decaídos y un alma abatida. Tu vida estará ante ti como pendiente de un hilo, tendrás miedo de noche y de día, y no confiarás de tu vida. A la mañana dirás: ¡Ojalá que fuera la tarde!, y a la tarde dirás: ¡Ojalá que fuera la mañana!, a causa del miedo que agita tu corazón y a causa de lo que tus ojos verán” (Deut. XXVIII, 64-67).

Así, pues, después de la toma de Jerusalén, el año 70 de nuestra era, los judíos comenzaron a expatriarse entre todos los pueblos. Ellos iban llevando su ruina, a veces también su riqueza y su espíritu de empresa a través del mundo. Pero es preciso señalar un hecho sorprendente, único en la historia: al paso que todos los pueblos de la antigüedad han desaparecido, la raza judía queda, y se mantiene fuerte y poderosa a pesar de una dispersión de veinte siglos. Además los judíos dispersos, mezclados a civilizaciones diversas, han guardado intactos sus hábitos, sus costumbres, las prescripciones de su culto, alimenticias, higiénicas, etc. Su raza permanece indestructible.

Y, sin embargo, no hay sobre la tierra un pueblo más hostilizado, más perseguido, más maldecido que el pueblo judío. La Edad Media quería exterminarlo[4]. Y todo esto, Moisés lo había profetizado, diciendo:

"El ruido de una hoja que se vuela, los pondrá en fuga, huirán como quien huye de la espada, y caerán sin que nadie los persiga" (Lev. XXVI, 36).

Recordemos los "pogroms" contra los judíos en la Rusia de los Zares, donde fueron exterminados por millares. Bien había dicho Isaías que los judíos serían despreciados, abominado de las gentes y esclavo de los tiranos (Is. XLIX, 7).

Pero Dios velaba sobre su pueblo y su pueblo vive.

En cuanto a su existencia errante, siempre amenazada, mezclada con las naciones sin tomar de ellas las costumbres, ¿no es éste, acaso, un hecho asombroso?

Se ha observado en los Estados Unidos, donde conviven tantas nacionalidades distintas, que después de 20 o 30 años a lo sumo, de permanencia en el país, no se puede distinguir un individuo de origen francés, del de origen inglés o alemán. Estos expatriados que tienen una tierra y una ciudad de origen aparecen todos fundidos, después de ese corto período de tiempo, en el crisol americano.

Y los judíos que no tienen ni tierra, ni ciudad, por la acción de factores que carecen de explicación humana, han conservado todos sus caracteres de raza "aparte", su entera personalidad, su homogeneidad sorprendente, y esto, en todas partes, a través del mundo. Se agrupan entre sí, se sostienen, se ayudan mutuamente para conseguir las mejores colocaciones. Dotados de una fuerte inteligencia práctica, forman una "pequeña nación" en las grandes naciones donde viven provisoriamente.

Ved aquí la realización profética de la tutela de Dios para la segregación de su pueblo. Balaam contemplaba desde Phasga las tiendas de Israel y exclamaba:

"Desde la cima de las peñas le veo,
desde lo alto le estoy contemplando:
es un pueblo que habita aparte,
y no se cuenta entre las naciones" (Núm. XXIII, 9).

La segregación del pueblo de Dios es un hecho que domina toda su historia, desde Abrahán. Este hecho histórico y divino, a la vez, ha persistido en la dispersión.

Los judíos se agrupan. Todas las ciudades de Europa tienen su barrio judío, donde se desarrollan las pequeñas industrias particulares de este pueblo y donde podemos encontrar numerosas carnicerías "kosher", en que la carne ofrecida proviene de animales que han sido muertos según los ritos mosaicos.

Podemos señalar, además, un hecho muy curioso: las disposiciones tomadas en el transatlántico "Normandie" para permitir a los israelitas continuar fieles, aún en viaje, a sus prescripciones particulares llegan hasta proporcionarles vajilla especial, cocina aparte, etc.


***

Acabamos de recordar las dispersiones del pueblo de Dios y su aislamiento en medio de las naciones; hemos también de considerar el país y la ciudad de Jerusalén.

Las amenazas de Dios contra la tierra y la ciudad santas, han sido renovadas, después de Moisés, por los profetas. Casi todos ellos han vaticinado, con mucha anterioridad, los desastres que debían descargarse sobre la tierra que antes manaba leche y miel.

"Convertiré vuestras ciudades en desiertos", decía el Eterno; "y asolaré el país" (Lev. XXVI, 31-32). Sólo crecerán zarzas y los espinos (Is. V, 6).

Es necesario haber conocido la desolación de Palestina, hace diez años, para comprender estas profecías; hay que haber visto ese suelo pedregoso, esos lugares desiertos, esos matorrales de cactus espinosos, esas hierbas secas donde pastaban escasos rebaños de cabras negras, para ver cómo se ha realizado la maldición de Dios.

A la vista de esta aridez yo me decía: ¿Cuándo será que el desierto y la tierra árida podrán regocijarse, como lo anunció el profeta Isaías? (XXXV, 1).

Si dirigimos nuestras miradas sobre Jerusalén, vemos cómo el castigo del Señor está claramente escrito sobre la ciudad de David. El abandono que la agobia permite comprobar la gravedad del pecado de Israel.

El aniquilamiento de la ciudad de Jerusalén fué total en el año 70. Las lamentaciones de Jeremías, en la época de su ruina por Nabucodonosor, sobrepasan ciertamente la devastación de entonces, ya que si grande fué esta devastación, con todo, no fué completa.

Las lamentaciones se dirigen también al tiempo de Tito y a los siglos siguientes cuando "sentada en la soledad", Jerusalén "ha sido reducida a servidumbre" (Lam. I, 1).

¡Servidumbre romana, primero, y luego servidumbre musulmana!

También Miqueas había anunciado un sombrío porvenir a la ciudad antaño "tan poblada".

"Sión será arada como un campo". "Jerusalén será un montón de escombros" (Miq. III, 12).

Sabemos que efectivamente el emperador Adriano, en 132, hizo pasar el arado sobre la explanada del templo. "Sión labrada como un campo". ¿Y no se realizó acaso a la letra la profecía de Jesucristo? Sus discípulos habían elogiado la fábrica del templo construido con tan bellas piedras. "De esto que véis, vendrán días en los cuales no será dejada piedra sobre piedra que no sea derribada". Y dijo también: "Jerusalén será pisoteada por (las) naciones hasta que se cumplan (los) tiempos de (las) naciones” (Luc. XXI, 6.24).

Si el “tiempo de las naciones” comienza desde el cautiverio de Babilonia, sólo con Tito la ciudad fué realmente hollada. El arruinó especialmente el templo; Adriano hizo arar el suelo donde estuvo colocado, y cuando Juliano el Apóstata -- para hacer mentir a Cristo — quiso volverlo a levantar salió un fuego del suelo, al intentarse la excavación de los nuevos cimientos.

La destrucción total de un templo como el de Jerusalén es inexplicable. Tenía, por cierto, tanta solidez como sus antepasados del Valle del Nilo cuyas macizas columnas se yerguen aun ahora imponentes, gigantescas; tenía más resistencia que los templos griegos y romanos de Atenas, de Corinto, de Baalbek y de Palmira, cuyas ruinas son todavía tan importantes.

En Jerusalén no queda nada.

Un peñasco guardado bajo la cúpula azul de la mezquita de Omar, un resto de basamento, algunos cubos de piedra para que los judíos puedan, junto a ellas, llorar cada viernes.

"Porque son muchos mis suspiros, y mi corazón desfallece. ¡Oh muro de la hija de Sión, derrama, cual torrente, tus lágrimas noche y día" (Lam. I, 22; II, 18).

Jeremías había visto bien: un torrente de lágrimas, ¡el muro del llanto!

La población judía de Jerusalén quedó reducida durante siglos a los pocos ancianos que venían allí a terminar sus días, en su querida Sión, sin fiestas ya, sin altar y sin sacrificio. Sus tumbas orlan por centenares el flanco del Monte de los Olivos.

El muro del llanto y piedras sepulcrales. He aquí el montón de piedras predicho por Miqueas y sobre el que lloró Jeremías.


***

Cuando se ha conocido todo esto y se contempla ahora el trabajo de transformación que se está efectuando hace más de diez años en la tierra de Israel, aparece como muy verosímil que corresponda a nuestros días la realización del oráculo del apóstol Pablo, que anuncia la reintegración de los Judíos a la verdadera fe y la futura reconstitución de su vida nacional. "¿qué será su readmisión, exclama el apóstol, sino vida de entre muertos?" (Rom. XI, 15).





[1] Se trata evidentemente del rey Sedecías, que fué transportado a Babilonia.

[2] Dios ordenó a Jeremías (cap. XXVII) llevar un yugo sobre sus espaldas, para simbolizar al que Dios haría cargar al pueblo si no se arrepentía.

[3] Flavio Josefo, el historiador del sitio de Jerusalén, nos ha dicho que las mujeres devoraban a sus hijos a causa del hambre que las torturaba.

[4] Nota del Blog: Se hubiera deseado un poco más de precisión… en todo caso, dato sed non concesso, no fue la Iglesia la que buscó exterminarlos.